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Charla: “Grecia: tan cerca… tan lejos” 31/03/2012

toso konda.... toso makria

Lectura de un fragmento del libro El coloso de Marusi de Henry Miller con la que concluyó la charla “Grecia: tan cerca… tan lejos”, que tuvo lugar el 31 de marzo de 2012 en el espacio creativo Sala Rúas en Laredo (Cantabria).

Ponentes: Joaquín Martínez Mollinedo, Dimitris Ioannou.

«He contemplado Praga, Budapest, Viena y el puerto de Mónaco, ciudades hermosas e impresionantes de noche, pero no conozco ninguna ciudad que se pueda comparar a Atenas cuando están encendidas todas sus luces. Parece ridículo decirlo, pero tengo la sensación de que en Atenas el milagro de la luz diurna nunca se desvanece del todo. No sé por qué misterio esta dulce y apacible ciudad nunca suelta por completo los lazos que la unen al sol, nunca se cree del todo que el día se ha ido. Frecuentemente, cuando daba las buenas noches a Seferiades ante la puerta de su casa en la calle Kydathenaion, me daba un paseo hasta el Zapión, vagabundeando bajo el fulgor de las estrellas, y me repetía como si fuera un conjuro: «estás en otra parte del mundo, en otra latitud; estás en Grecia, ¿comprendes?». Era necesario repetir la palabra Grecia, porque tenía la extraña sensación de encontrarme en mi casa, de estar en un lugar tan familiar, tan semejante a lo que debía ser el hogar de uno, que a fuerza de contemplarlo con una adoración tan intensa, le confería una calidad extrañamente nueva. Y también, por primera vez en mi vida, he encontrado hombres que eran como deberían ser los hombres; es decir, abiertos, francos, naturales, espontáneos y generosos. Ésta era la clase de hombres que esperaba encontrar en mi país mientras crecía y me hacía hombre a mi vez. Nunca les encontré. En Francia he visto otro tipo de ser humano, un tipo que admiro y respeto, pero al que nunca me he sentido íntimamente ligado. Bajo todos los aspectos que la he visto, Grecia se me presenta como el centro mismo del universo, el lugar ideal de la reunión del hombre con el hombre en presencia de Dios. Fue el primer viaje que me ha satisfecho enteramente, que no me ha dejado la menor desilusión, que me ha ofrecido más de lo que esperaba encontrar. Mis últimas noches en el Zapión, en completa soledad, lleno de maravillosos recuerdos, fueron como un hermoso Getsemaní. Pronto todo ello desaparecería y yo me encontraría una vez más paseando por las calles de mi ciudad natal. Esta perspectiva no me llenaba de terror. Lo que Grecia había hecho por mí, no podía ser destruido ni por Nueva York ni por la misma América. Grecia me había hecho un ser libre y entero. Me sentía preparado para enfrentarme al dragón y matarlo, porque en mi corazón lo había ya exterminado. Daba vueltas y vueltas, como si caminara sobre terciopelo, rindiendo un silencioso homenaje de agradecimiento al pequeño grupo de amigos que había hecho en Grecia. Quiero a esos hombres, a todos y a cada uno en particular, por haberme revelado las verdaderas dimensiones del ser humano. Quiero la tierra que los vio crecer, el árbol del que han salido, la luz bajo la que han prosperado, la bondad, la integridad y la caridad que de ellos emanan. Ellos me han puesto frente a frente conmigo mismo, me han purificado del odio, la suspicacia y la envidia. Y lo que no es menos importante, me han demostrado con su propio ejemplo que la vida se puede vivir magníficamente en cualquier escala, en cualquier clima, bajo cualquier condición. A los que piensan que la Grecia actual carece de importancia, les digo que no pueden estar más equivocados. Hoy día, como antiguamente, Grecia es de la mayor importancia para todo hombre que busque encontrarse a sí mismo. Mi experiencia no es única. Y quizá debería añadir que no hay ningún pueblo en el mundo tan necesitado de lo que Grecia puede ofrecer como el pueblo americano. Grecia no es simplemente la antítesis de América; más todavía, es la solución a los males que nos emponzoñan. Económicamente puede parecer mínima, pero espiritualmente sigue siendo la madre de las naciones, la fuente principal de la sabiduría e inspiración.»